La
historiografía, en la Antigua Roma, se entendía como el
estudio y análisis crítico de los hechos del pasado.
Era un género literario, y por tanto poco riguroso, ya que
siempre se valoraba la transmisión de enseñanzas
morales y primaba el punto de vista del narrador sobre la objetividad
de los hehos narrados. De hecho, este género era
frecuentemente empleado como un arma política, pues podía
servir para alabar a los amigos o difundir ideas en contra de los
adversarios.
En
cuanto a sus orígenes, este género proviene de la
Antigua Grecia, al igual que otros muchos. Los maestros griegos
Tucídides y Políbulo fueron los primeros
en transmitir las normas y bases de éste género a los
autores romanos.
A
partir de la República, los primeros historiadores romanos
empezaron a poner por escrito los hechos más relevantes que
sucedían cada año, de modo que registraban en orden
cronológico las guerras, epidemias, desfiles...
Pronto
destacaron dos grandes historiadores; Julio César y Salustio.
Julio César escribió las crónicas de sus
campañas militares, destacando La Guerra de las Galias
y La Guerra Civil como sus obras más importantes. En
ellas, además de impulsar una gran labor propagandística
de si mismo y de sus logros militares, pretendía justificar
ante el pueblo romano las campañas bélicas que él
protagonizaba y llevaba a cabo.
Salustio
fue un historiador que redactó completas monografías de
temas como La Guerra de Yugurta o La Conspiración de
Catilina.
Finalmente,
en la época del Imperio, la censura provocó que la
historiografía se hiciese todavía más subjetiva.
Destacan dos autores, que son Tito Livio y Tácito.
Tito
Livio era un historiador que escribió Ab Urbe Condita,
un relato de la historia de Roma desde sus orígenes hasta la
época del Imperio, en la cual no falta la fantasía ni
la subjetividad.
Por
último, Tácito escribió Los Anales,
recuperando el estilo metódico y riguroso de los primeros
analistas romanos pero añadiendo además un estilo
bastante pesimista.










